¿Defensor de quién?

Sendos artículos de Josep Rovirosa y Tomàs Delclós cuestionan, cada uno en un grado distinto, el compromiso de la figura del ombudsman para con lxs lectorxs.

El primero, defensor del lector de La Vanguardia, publicó el pasado 29 de abril el artículo ‘Una cuestión italiana‘, en el que se limitaba a recoger las críticas que habían llegado al diario en respuesta a una crónica escrita por el director adjunto, Enric Juliana. En el texto, Juliana especula sobre los orígenes anarcoitalianos de los últimos brotes de violencia que se vienen registrando en Barcelona. Y digo ‘especula’ porque los únicos datos que facilita Juliana son los siguientes:

En los incidentes registrados en Barcelona en el último año, siempre ha habido algún italiano entre los detenidos. El pasado 29 de marzo no fue la excepción. Dos jóvenes italianos también figuran en la lista de heridos por la acción de los Mossos d’Esquadra.

Con esos datos únicamente, lxs lectorxs sólo pueden llegar a la conclusión de que se trata de especulaciones de Juliana, porque, en lo que respecta a la tesis que sostiene Juliana sobre las raíces de la violencia en Barcelona, el resto es periodísticamente espuma: informa con pocos datos y sin fuentes, tal y como argumentan las críticas que recoge el defensor.

La respuesta del director adjunto a estas críticas se las sigue trayendo: Juliana defiende que [la crónica] “se sustenta, entre otras fuentes, en informaciones de ciudadanos italianos residentes en Catalunya, en medios periodísticos italianos…”, y así una retaíla de conceptos vagos que no se dispone a concretar. ¿Ni siquiera puede citar los medios periodísticos italianos consultados? Se ve que no.

Es comprensible que Juliana, por orgullo o por motivos que él considera suficientes, defienda en su argumentación que “el derecho de los periodistas a la reserva sobre sus fuentes informativas” da pie a que en el artículo original ni las mencionase, siquiera preservando su anonimato (el clásico “fuentes próximas a…”).

Lo inquietante de todo esto es que uno termina de leer el texto del defensor sobre todo este asunto, sin saber qué es lo que piensa el propio Josep Rovirosa: si cree que en verdad la crónica de Juliana adoleció de fuentes (sólo indica que “preocupa la acusación de informar con pocos datos y sin fuentes”, pero no sabemos si él comparte esa acusación, y por tanto considera que Juliana debió ofrecer más fuentes; vamos, una fuente al menos). ¿Dónde queda Rovirosa en todo esto? ¿En un mero registro de declaraciones de una y otra parte? ¿Es ésa la función de la defensa de lxs lectorxs?

Copiar, pegar y rematar

Respecto a Tomàs Delclós y su artículo ‘Copiar y pegar‘, es meritorio que el periódico El País decidiese hacer público el pasado domingo un caso de plagio que no había salido a la luz, el del artículo ‘Las preguntas que importan’, y del que el diario tuvo noticia por un lector. Delclós también se moja más, cuando apunta lo siguiente:

Que en la bibliografía, adjunta al artículo, se mencione la obra no es una eximente para que una parte del mismo se construya con frases calcadas de la misma sin ningún entrecomillado ni alusión sobre su procedencia. Los párrafos que no eran de elaboración propia deberían haber sido publicados debidamente referenciados.

Aclara, además, que “es verdad que una frase de Einstein se puede localizar en infinidad de textos, pero no es admisible que el párrafo que la comenta sea igual que el párrafo del artículo de los tres autores citados”.

Dicho esto, deja varias cuestiones sin responder, que rápidamente planteó Josu Mezo en su blog Mala Prensa en la misma mañana de domingo en que salió publicado el artículo a discusión. Comparto la mayoría, a excepción del punto 3. Recojo las más relevantes:

  • ¿fue plagio o no? Delclós no se pronuncia con rotundidad al respecto. De nuevo, se echa en falta mayor implicación y presencia del criterio del defensor y en su juicio.
  • ¿que acciones va a emprender la empresa al respecto? Como indica Mezo, la autora del plagio tiene un concepto vago sobre el significado del mismo. Uno no sabe si reincidirá.

Yo añado dos más: ¿qué viene haciendo El País en estos casos? Creo que sería pertinente saber si, anteriormente, la cabecera ha despedido o ha finalizado relaciones de colaboración por motivos de plagio. ¿Tiene acordado algún tipo de medidas? El tema no es nuevo porque recuerdo que la predecesora de Delclós, Milagros Pérez Oliva, abordó otro caso similar en el artículo ‘El mérito para el que se lo gana‘, donde tampoco desvela qué decisiones va a adoptar el diario al respecto. Este último texto se publicó en febrero de 2011. Van dos en algo más de un año. Si el diario no explicita las medidas de seguridad que va a adoptar, o bien las sanciones o consecuencias que ya viene en aplicando en casos anteriores, está cejando en la responsabilidad ética y deontológica que intenta preservar a través de la figura de la defensa de lxs lectorxs.

Salir de Málaga para entrar en Mala.gom

Hay algo que sí hace El País, y Delclòs no comenta en su artículo: eliminar de la edición digital ‘Las preguntas que importan’un inquietante borrado que se ampara en el derecho al olvido en internet. ¿Pero asume así El País un error? ¿Eliminándolo? En estos casos, reclamo el derecho a la huella de registro, por llamarlo de alguna manera. Seguro que tiene ya algún nombre técnico. Me refiero a que si un artículo resulta sonrojante para el medio de comunicación que lo ha publicado, que retire el texto, pero indique en algún lugar, cuando se busque: “este documento ha sido retirado…”, argumentándolo como quieran (plagio, no alcanzar los criterios de calidad del medio…). Es decir, que me encuentre con el título del artículo, pero no pueda consultar su contenido. Algunos diarios digitales, creo que El País también, actúan así con los comentarios que incluyen insultos: sabes que alguien escribió algo, pero no sabes qué porque el contenido se ha eliminado.

En definitiva, es deseable que ambos defensores del lector ejerzan su trabajo con mayor compromiso, y plasmando su criterio con mayor determinación. Desafortunadamente hay pocos periódicos en nuestro país que tengan la figura del ombudsman. Pero ya que existe en La Vanguardia y El País, es deseable que hagan el favor de remar por un mejor periodismo, por mucho que luego en las redacciones les miren como si fueran moscas cojoneras.

Como decía el lema de las recientes concentraciones convocadas en España con motivo del Día Mundial de la Prensa Libre, Sin periodismo, no hay democracia. Sin buen periodismo, claro. Y ser críticxs con nosotrxs mismos es esencial para ello, aunque implique poner en un aprieto a la empresa que le está pagando el sueldo a unx.

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